
La Champions League es escenario de luchas épicas, victorias impensadas y derrotas estruendosas. Cada que empiezan las fases de enfrentamientos directos, las situaciones dramáticas en juego permiten contar historias fascinantes. Así como en las épocas del Imperio Británico el dominio en ultramar a partir del poderío militar era la vía para dominar el resto del mundo, ahora en la era del espectáculo Inglaterra cuenta con su impactante poder futbolístico para seducir las audiencias más allá de los mares. En esos siglos lejanos los adversarios de los barcos británicos eran los barcos del Imperio Español y las contiendas eran protagonizadas por personajes como Sir Francis Drake, Sir Henry Morgan o el Conde Braulio Verde. Hoy los mares del Pacifico han dejado de ser el escenario de esos duelos que se repiten en estadios como el Nou Camp, Stamford Bridge, Old Trafford o El Madrigal. Mayo de 2009, la fecha predestinada para reescribir un antagonismo histórico. Cuando ya se han definido los finalistas, la Liga de Campeones tiene el desenlace final en el terreno del suspenso. Barcelona F.C. y Manchester United esperan el día 29 para coronar en Roma al vencedor de Europa. El duelo se extiende al futuro inmediato; según los rumores de prensa el campeón de Europa, sea cual sea, se va a disputar con el subcampeón el fichaje de Frank Ribery. El mundo observa a la expectativa por el desenlace: ¿Quién será el líder perfecto? ¿Messi o Cristiano Ronaldo? ¿Puede haber otro héroe sorpresivo como lo fue Iniesta en la semifinal? Mientras tanto la bola queda suspendida en el aire, es el minuto 93 y la estirada inútil de Cech es la confirmación de una verdad ineludible: Barcelona es el otro finalista, el único que puede hacer temblar la isla británica. Quedémonos detenidos en ese instante, justo antes de que el balón toque la red.
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